Podrías llegar a ser presidente. Por Sandra Dodd

domingo 11 de diciembre de 2011

Podrías llegar a ser presidente. Por Sandra Dodd


Artículo de Sandra Dodd traducido por Lau para Tarkus Kids.
Original en inglés, aquí: http://sandradodd.com/president
Sandra vive en Nuevo México (Estados Unidos) donde ha educado a sus tres hijos en casa. Escribió este artículo en 1996.

"Podrías llegar a ser presidente". No sé cuántas veces he oído esto en la escuela y supongo que es cierto. Algunas personas lo han hecho, y todos ellos fueron niños alguna vez, pero ¿cuáles son las probabilidades? Me puse a pensar en cuánta gente había pensado que PODRÍA querer ser presidente pero que nunca lo consiguió, y en cómo debían sentirse por ello. No pensé en entrevistar a un número suficiente de gente como para tener una muestra científica, así que este artículo no va sobre eso.

Pensé que podría descubrir qué porcentaje de la gente nacida en un año determinado se HABÍA convertido en presidente, así que elegí el año 1900. Pensé que sería un problema simple: calcular cuántos americanos elegibles habían nacido ese año, y cuántos habían llegado a ser presidentes. En primer lugar, descubrí que nadie nacido en 1900 había sido presidente. Además, ¡no pude descubrir cuánta gente había nacido! El problema era que cuatro estados (entre ellos, el mío) ni siquiera formaban parte, todavía, de los Estados Unidos. Intenté, por diversos medios, conseguir las estadísticas de todas las personas elegibles en los Estados Unidos; no hubo forma. ¿Alaska, Hawaii, Arizona y Nuevo México? El problema es ¿cuántos de ellos vivieron hasta los 45 años? Y ¿debemos contar a las mujeres, que todavía no tenían ninguna posibilidad de convertirse en presidentas? De modo que me pregunté: ¿qué es lo realista? La depresión y la epidemia gripal sucedieron después de 1900, y la primera guerra mundial, y todos los que sobrevivieron a eso, tuvieron elecciones en 1948. En 1948 nadie habría tenido en cuento a alguien que fuera blanco, hispano, asiático o alemán. ¿Judío? Sí. Quizás en el PRÓXIMO siglo. ¿Cuántos quedaban? ¿Quién sabe? Me cansé de la pregunta.

Entre 1892 y 1907, a los largo de dieciséis años, no nació ni un solo presidente. Así que es posible que nadie nacido entre 1991 y 2007 llegue a serlo tampoco. Y, oye, si alguno de ellos ES presidente, ¿por qué ibas a querer que fuera uno de tus hijos? ¿Por qué le desearías un año completo de campaña y cuatro años de preocupación constante y responsabilidad internacional a un hijo tuyo? ¿Por qué querrías que tu hijo se arriesgara a ser vicepresidente y tuviera que asistir a funerales de gente desconocida por todo el mundo y que pudiera insultar sin querer a toda una cultura con un gesto cotidiano que aquí signifique "OK" pero que significase algo horriblemente escatológico en ese otro lugar? Y, no sólo eso, sino que ¡se emitiría en la televisión internacional!

Deberías pensar en estas cosas antes de darle a tus hijos grandes ideas sobre ser presidente.

Mucha gente dice que desearía poder mantener a sus hijos jóvenes durante más tiempo. Nunca he conocido a nadie que quisiera poner a sus hijos, conscientemente, en una cámara de envejecimiento. Mira las fotos de Jimmy Carter antes y después, o de Clinton. La gente entra joven, o en la mediana edad y sale VIEJA. Si quisiera que mis hijos envejezcan rápido les compraría cigarrillos (y les diría que se los fumasen en algún lugar cerca de MI casa). No, yo quiero que mis hijos duren bastante, y que no envejezcan más rápido de lo necesario.

Así que, ¿qué metas vale la pena tener para nuestros hijos? Me contaron de una familia que tenía una tabla en la pared que culminaba con una beca para Notre Dame. Retrocedía hasta el presente, así que si el niño conseguía todos los objetivos inferiores, lo de la beca estaba hecho. El niño sólo tenía unos nueve años, y la tabla la habían hecho los padres pero, hey, ¡la gente necesita OBJETIVOS! (En nuestra defensa colectiva, diré que esta gente no estaba educando en casa). ¿Cuáles son sus probabilidades de fracaso? Una beca para Harvard habría sido un fracaso.

Aquí están mis objetivos para mis hijos: quiero que aprendan algo cada día; que saluden a cada mañana con alegría; que vean a los desconocidos como a amigos potenciales; que sus vidas sean aventuras sin mapa, con innumerables destinos y oportunidades ilimitadas de "triunfar". Quiero que su definición de triunfo incluya cosas que pueden ver a su alrededor, no sólo en Washington, en convenciones médicas o en las Olimpiadas. Quiero que se levanten, que se asomen a la ventana y que estén contentos con lo que vean. Quiero que estén satisfechos con sus elecciones y sus habilidades. Quiero que sean realistas acerca de sus objetivos y que sean filosóficos acerca del fracaso. Quiero que sean felices.

Lo bueno de la felicidad es que la llevas contigo. Es barata. No necesita un depósito bancario ni se hereda. Puedes darles la misma cantidad a todos tus hijos sin que tengan que esperar a tener 18 años para reclamarla y usarla. Piensa en ello. Pueden tenerla ahora mismo y empezar a usarla sin quitarte la tuya.

¿Necesitan los niños tener habitación propia para guardar su felicidad en ella? No. ¿Necesitan esperar nueve semanas hasta conseguir un boletín que diga que progresan bien en cuanto a su felicidad? No. ¿Trabajar duro ahora les servirá para acumular una felicidad que puedan usar más adelante? Ésa es la teoría habitual, con la que nos criaron, pero yo ya no creo en ella.

Si mis hijos se despiertan en Albuquerque, felices de ser quiénes son y de estar dónde están, espero que sean capaces de mantener ese sentimiento todos los días hasta que se despierten en mitad del siglo que viene y miren afuera (no me importa a qué estén mirando, si son los Alpes, el Río Grande, la parte trasera de su propia gasolinera o el jardín de la Casa Blanca) y sigan siendo felices de ser quiénes son y de estar dónde están. ¿Quién podría pedir algo más que la felicidad? No esperes. Consíguela hoy y dásela.